“Pensamos que íbamos a vivir de esto”: la dura realidad de la cooperativa textil la Carlota

Seis mujeres pusieron en marcha COOTEX.L.C en diciembre de 2025 con la expectativa de vivir de la costura industrial y construir una salida laboral propia. El Municipio acompañó la apertura, cedió el espacio de la terminal y anunció el emprendimiento como una apuesta a la producción local. Sin embargo, a menos de un año, las trabajadoras aseguran que los pedidos nunca alcanzaron, que las promesas de trabajo se diluyeron y que agotaron las alternativas para sostener la fábrica. “Nos soltaron las manos”, denuncian. Hoy, la continuidad del proyecto está en riesgo.
Especiales 12/10/2026MaraMara

En diciembre de 2025, la apertura de la Cooperativa Textil La Carlota (COOTEX.L.C) representó mucho más que la inauguración de un nuevo espacio productivo. Para las seis mujeres que impulsaron el proyecto, significaba la posibilidad de dejar atrás la inestabilidad laboral, vivir de su oficio y construir una fuente de ingresos que les permitiera trabajar con autonomía.

La intendenta Natalia Bellón participó de aquella jornada junto a las integrantes de la cooperativa, sus familiares y amigos. Durante la inauguración, destacó la importancia de poner en marcha un emprendimiento que, según se planteó entonces, era resultado del trabajo conjunto entre el Municipio y el sector privado y buscaba fortalecer la economía local y ampliar las oportunidades laborales.

Pero entre aquella expectativa y la realidad actual se abrió una brecha que hoy amenaza con llevarse puesto el proyecto.

A casi un año de haber comenzado, las integrantes de COOTEX.L.C aseguran que el acompañamiento inicial no se tradujo en una política sostenida de generación de trabajo, que los encargos fueron escasos y que la cooperativa no consiguió consolidar una cartera de clientes capaz de garantizar su funcionamiento.

“Estamos solas, nos soltaron las manos”, afirmaron Carla Lago, presidenta de la cooperativa, y Noelia Pagliero, tesorera.

La frase sintetiza el momento que atraviesan: seis mujeres que apostaron a organizarse para trabajar juntas y que hoy evalúan si tiene sentido seguir sosteniendo una estructura que, hasta ahora, no les permitió alcanzar el objetivo por el que la pusieron en marcha.

Una fábrica que nació con expectativas, pero sin trabajo suficiente

Las integrantes de la cooperativa reconocen que el Municipio les brindó un impulso inicial. Les cedió el espacio de la terminal para instalarse y aportó una máquina de coser. Sin embargo, sostienen que, después de esa primera etapa, las oportunidades no llegaron en la cantidad que necesitaban.

El comienzo estuvo lejos de ser sencillo. Cuando recibieron el lugar, tuvieron que limpiarlo, retirar basura, pintar las paredes y acondicionar las instalaciones. También debieron afrontar las dificultades administrativas para formalizar la cooperativa y organizar el funcionamiento del emprendimiento.

Carla aportó la mayor parte de las máquinas, ya que antes de incorporarse al proyecto tenía su propia actividad de costura. Noelia y las demás integrantes sumaron su trabajo y sus expectativas a una iniciativa que pretendía convertirse en una unidad productiva estable.

Una vez superados los obstáculos iniciales, comenzaron a trabajar. Hubo algunos encargos de prendas para empleados municipales, pero, según relataron, fueron insuficientes para sostener la actividad.

“Sí, tuvimos la oportunidad de confeccionar algunas prendas para los empleados municipales, pero no mucho más”, explicó Carla.

Ese es uno de los puntos centrales de la crisis: la cooperativa consiguió abrir sus puertas, pero no logró transformar la inauguración en una fuente permanente de producción e ingresos.

Las trabajadoras esperaban que la puesta en marcha del espacio abriera nuevas oportunidades comerciales y que el acompañamiento institucional contribuyera a conectar la fábrica con potenciales compradores. Hoy sostienen que esa expectativa no se cumplió.

La situación plantea un interrogante sobre el alcance de las políticas de promoción productiva: ¿alcanza con facilitar un espacio y aportar herramientas para poner en marcha un emprendimiento o es necesario garantizar, además, mecanismos que permitan generar trabajo y sostenerlo en el tiempo?

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Trabajar todo el día y no llegar a fin de mes

La dimensión de la crisis se refleja en las historias personales de quienes integran COOTEX.L.C. Las dos mujeres que encabezan la cooperativa mantienen otros trabajos y emprendimientos porque la fábrica no les proporciona ingresos suficientes para vivir.

Carla Lago tiene 52 años, es oriunda de Buenos Aires y se instaló en La Carlota con sus máquinas de coser. Hace dos años enviudó y trabaja como auxiliar en escuelas. Además, continúa realizando tareas de costura desde su casa y dedica parte de sus tardes a la cooperativa.

“Trabajo por la mañana en la escuela, luego hago tareas de costura en casa y por la tarde me vengo a la cooperativa”, contó.

Cuando se sumó al proyecto, imaginó que podría abandonar la multiplicidad de actividades y dedicarse de lleno a su oficio.

“Cuando arrancamos con la cooperativa pensé que este iba a ser mi único trabajo, pero no, es imposible”, reconoció.

Noelia Pagliero atraviesa una situación similar. Por la mañana trabaja en el Registro del Automotor, mantiene un emprendimiento de ropa para niños en su casa y, por la tarde, se dedica a la cooperativa.

“También pensé que esta cooperativa me iba a permitir vivir, pero no”, expresó.

Los números terminan de exponer la distancia entre el proyecto original y la realidad. Según contaron, el ingreso máximo que llegaron a obtener fue de 200 mil pesos, una suma que debían distribuir entre las integrantes.

No se trata solamente de una actividad que no creció al ritmo esperado. Para sus trabajadoras, el emprendimiento todavía no representa una fuente de ingresos que permita justificar las horas que le dedican ni reemplazar los empleos que deben mantener para subsistir.

La cooperativa fue pensada como una salida laboral. Hoy, sus integrantes siguen dependiendo de otras actividades para llegar a fin de mes.

Las respuestas que no llegaron

Frente a las dificultades, las mujeres buscaron alternativas para conseguir financiamiento y evitar que el proyecto se detuviera. Presentaron documentación para acceder a créditos del Banco de la Gente, pero aseguraron que hasta el momento no recibieron una respuesta.

También plantearon al Municipio la posibilidad de ser incorporadas como empleadas, con un sueldo que les permitiera continuar trabajando mientras la fábrica encontraba una salida económica.

Según relataron, les respondieron que no había dinero disponible.

“Ya hemos agotado todos los recursos. No sabemos a quién pedirle ni cómo hacer. En estas condiciones, ya no nos quedan muchas ganas”, manifestaron.

El testimonio deja en evidencia el nivel de desgaste al que llegaron. Después de acondicionar el espacio, aportar herramientas, resolver trámites y sostener la actividad mientras mantienen otros trabajos, las integrantes aseguran que ya no encuentran alternativas para continuar.

El reclamo apunta al acompañamiento municipal, pero también pone sobre la mesa la necesidad de conocer qué mecanismos se pensaron para que el emprendimiento pudiera sostenerse una vez superada la etapa de inauguración.

La cesión de un lugar y la entrega de una máquina fueron parte del impulso inicial. El desafío que quedó pendiente, según las trabajadoras, fue generar las condiciones para que la cooperativa tuviera producción suficiente y pudiera convertirse en una fuente real de ingresos.

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Una comunidad que tampoco aparece como mercado

Las críticas de Carla y Noelia no se limitan al Estado local. Ambas aseguran que tampoco encontraron en la comunidad el respaldo comercial que esperaban.

Sostienen que los negocios y emprendimientos que podrían acercarles trabajos de confección no recurren a sus servicios. Reconocen que desconocen los motivos: puede haber otras opciones comerciales, cuestiones de costos o una percepción de competencia.

Sin embargo, sienten que la cooperativa no consiguió instalarse como una alternativa reconocida dentro de la actividad textil de La Carlota.

También advierten que existe poco conocimiento sobre el funcionamiento del cooperativismo y las posibilidades que ofrece como forma de organización del trabajo.

Como contraste, mencionaron la experiencia que conocieron en Devoto, donde participaron de una instancia vinculada con la conformación de la Federación de Cooperativas Textiles y de Marroquinería. Allí observaron numerosas cooperativas en funcionamiento y una dinámica productiva que les resultó muy diferente de la que enfrentan en La Carlota.

La comparación alimenta una pregunta incómoda para la comunidad: ¿por qué un emprendimiento que buscaba generar trabajo local no logró consolidar una red de clientes y oportunidades que le permitiera crecer?

Cursos para que las máquinas no queden paradas

Mientras evalúan si continúan o no con la actividad, las integrantes de COOTEX.L.C intentan encontrar alternativas para mantener el espacio abierto.

Una de ellas fue organizar cursos de capacitación. Ya realizaron uno de técnica de patchwork, que tuvo interesados en la primera convocatoria. Sin embargo, una segunda propuesta no reunió participantes.

Ahora analizan dictar un nuevo curso sobre el uso de máquinas industriales, con la intención de acercar la costura a los vecinos y aprovechar las herramientas disponibles.

La iniciativa demuestra que todavía intentan encontrar una salida, aunque las capacitaciones no resuelven por sí mismas el problema principal: la falta de pedidos y de ingresos suficientes para sostener la cooperativa.

Carla, incluso, reconoció que en varias oportunidades pensó en irse a otros lugares donde pudiera dedicarse plenamente a la costura industrial, la actividad que la hace feliz.

Por ahora, el apego al proyecto y todo lo que invirtieron en él las lleva a intentar resistir unos días más, a la espera de que aparezcan nuevas oportunidades.

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Un proyecto que necesita algo más que voluntad

La situación de COOTEX.L.C expone una realidad que va más allá de las seis mujeres que integran la cooperativa. También interpela a quienes impulsaron su creación, a los actores económicos de la ciudad y a una comunidad que necesita oportunidades laborales.

El emprendimiento abrió sus puertas con el objetivo de fortalecer la economía local y ampliar las posibilidades de trabajo. Sin embargo, sus integrantes aseguran que, después de la puesta en marcha, quedaron prácticamente libradas a sus propios recursos.

La responsabilidad sobre el futuro de la cooperativa no puede analizarse únicamente desde el esfuerzo individual de sus integrantes. Para que una iniciativa productiva sobreviva necesita herramientas, pero también trabajo, compradores, financiamiento y una estrategia que le permita sostenerse en el tiempo.

Las mujeres pusieron las máquinas, el tiempo y las ganas. Acondicionaron el lugar, sortearon los trámites y buscaron alternativas para seguir produciendo. Lo que no consiguieron fue el volumen de trabajo necesario para convertir ese esfuerzo en un ingreso digno.

Hoy, el cierre dejó de ser una posibilidad lejana y se convirtió en una preocupación concreta.

En diciembre de 2025, la inauguración fue una apuesta a la producción local y a la autonomía económica de seis mujeres. Menos de un año después, esas mismas trabajadoras se preguntan si podrán continuar.

“Nos soltaron las manos” no es solamente una frase de frustración. Es el reclamo de quienes sienten que el impulso inicial no tuvo continuidad y que las expectativas de trabajo quedaron sin respuesta.

La última palabra todavía no está dicha. Pero, si el objetivo era crear una oportunidad laboral, el desafío ahora es explicar por qué esa oportunidad no logró sostenerse y qué se está dispuesto a hacer para evitar que la cooperativa cierre sus puertas.

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