“El Gobierno está como en otro lado’: una olla popular que expone la crisis social en La Carlota”

En una fría y lluviosa jornada, vecinos del Barrio de Emergencia Climática y referentes del Movimiento Social Justicialista prepararon más de 100 platos de comida para familias que atraviesan situaciones de necesidad. La iniciativa puso en primer plano una realidad que, según sus impulsores, evidencia la falta de respuestas del Gobierno frente al crecimiento de la pobreza y la emergencia social en esta comunidad y que es reflejo de lo que ocurre en el país.
Especiales 15/08/2026MaraMara

En medio de una mañana fría y lluviosa, hubo quienes eligieron poner el corazón y las manos al servicio de los demás.

Este sábado 15 de agosto, vecinos del Barrio de Emergencia Climática de La Carlota se reunieron junto a integrantes del Movimiento Social Justicialista para preparar más de 100 platos de comida que, al llegar el mediodía, fueron entregados a familias y personas que atraviesan situaciones de necesidad.

Pero allí no solamente se cocinó una comida caliente.

Entre el fuego, las ollas, el pan y las verduras también se fue poniendo en evidencia una realidad que muchas veces permanece detrás de las puertas de las casas, lejos de las estadísticas y de los discursos: hay vecinos que hoy tienen dificultades para comer, para calefaccionarse, para comprar medicamentos, para conseguir un abrigo y, en algunos casos, incluso para tener un lugar digno donde vivir.

La olla popular fue entonces mucho más que una acción solidaria. Fue una escena que permitió mirar de frente una realidad que duele.

Una manera concreta de decirle a quienes atraviesan esas dificultades que no están solos.

La iniciativa fue impulsada por José Hit, Edith Baigorria y Crisóstomo Iván, entre otros integrantes del Movimiento Social Justicialista, un espacio que desde hace algunos meses viene desarrollando distintas acciones solidarias en los barrios de La Carlota.

Nuestra llegada al lugar significó para ellos un alto en medio del trabajo. Apenas unos minutos para contar qué los moviliza, por qué decidieron involucrarse y qué realidad están encontrando cada vez que recorren un barrio.

Cuando la necesidad se convierte en acción

José explica que el movimiento nació a partir de una mirada compartida entre personas provenientes de distintos espacios políticos que comenzaron a advertir necesidades concretas en el territorio.

La denominación Justicialista responde, según explicó, a que las acciones están inspiradas en los valores del justicialismo y enfocadas en “los problemas que hoy atraviesa nuestra localidad”.

Dentro del espacio confluyen personas de Fuerza Patria, Diversidad La Carlota y otros sectores que, más allá de sus pertenencias políticas, encontraron un punto en común: la necesidad de hacer.

“Hay una necesidad de concretar actividades solidarias que la verdad a nadie parece interesarle y ante esta indiferencia decidimos actuar”, sostuvo José.

Y esa decisión ya se tradujo en hechos. Edith recuerda que comenzaron con la entrega de frazadas, ropa de abrigo y cortinas, elementos que fueron distribuidos entre vecinos del Barrio Pacífico. Luego llevaron adelante una venta de pescado a bajo precio en Plaza Italia.

Ahora el escenario fue el Barrio de Emergencia Climática, conocido también como el barrio de los inundados.

“Al ver las enormes necesidades que pasan vecinos de este barrio, de tener un alimento caliente en estos días tan crudos, decidimos hacer la olla popular”, contó Edith.

La frase parece sencilla. Sin embargo, detrás de ella hay una realidad que resulta difícil de ignorar.

Porque cuando una familia necesita acercarse a una olla para conseguir el almuerzo, el problema no empieza ni termina en ese plato. Es apenas la expresión más visible de una situación mucho más profunda.

Una olla que se construyó entre todos

La comida que llegó a las mesas de más de 100 personas también fue producto de una cadena de solidaridad.

Alguien donó dinero. Otro aportó alimentos. Molinos Marimbo acercó pan. Cerdo Más los chorizos. Los vecinos pusieron arroz, arvejas, verduras y, fundamentalmente, su tiempo.

Iván cuenta que cada vez que realizan una actividad se sorprende por la respuesta de la comunidad.

La gente se suma con donaciones, pero también con trabajo. “Es sorprendente ver a tanta gente que se solidariza con los que menos tienen”, señaló José.

Y quizás allí aparece una de las caras más profundas de esta jornada: la solidaridad no llegó solamente desde quienes organizaron la actividad. Se multiplicó.

Una casa que se abre. Unas horas de trabajo. Una bolsa de alimentos. Una donación. Una persona que se acerca a cocinar.

Pequeños gestos que, unidos, terminan convirtiéndose en más de cien platos de comida.

“Duele en el alma ver tanta necesidad”

En distintos momentos de la conversación, la emoción pudo más que las palabras. Los tres terminaron llorando.

No solamente por la satisfacción de haber podido ayudar, sino por aquello que encontraron detrás de cada pedido, de cada familia y de cada barrio recorrido. “Duele en el alma ver tanta necesidad”, expresaron.

Iván habla de una realidad que define como “muy cruda”.Una crisis económica profunda en la que muchas personas recurren al endeudamiento para poder comprar alimentos o pagar servicios. Familias que llegan a fin de mes sin saber cómo continuar. Personas que necesitan un mensaje de WhatsApp para pedir alimentos, una frazada o ropa de abrigo.

Y hay situaciones todavía más extremas. “Hay gente que no tiene dónde vivir y como puede levanta un rancho”. “Es una realidad crítica, delicada, triste”, relató Ivan.

José agrega que esta situación no solamente afecta a quienes no tienen trabajo. También la encuentra entre personas que trabajan, pero cuyo salario ya no alcanza para vivir.

“Imagínate en estos lugares donde la mayoría no tiene un trabajo estable”, plantea.

Y ahí aparece una de las preguntas más incómodas: ¿cuánto tiene que deteriorarse una familia para que un plato de comida deje de ser una ayuda extraordinaria y se convierta en una necesidad cotidiana?

La pobreza que no siempre se ve

La olla también abrió una discusión sobre las responsabilidades del Estado y sobre el papel que cumplen, o deberían cumplir, las organizaciones comunitarias.

José cuestionó lo que considera un alejamiento de la política respecto de las necesidades concretas de los barrios.

Sostuvo que existe “un abandono total” y cuestionó que desde el Gobierno local no se estén atendiendo, según su mirada, estas situaciones con la misma intensidad con la que se abordan otras cuestiones.

También manifestó su preocupación por el estado de las organizaciones barriales.

Recordó con tristeza que algunas vecinales permanecen cerradas y cuestionó particularmente que la sede del barrio Central Argentino haya pasado a funcionar como depósito de elementos secuestrados por la Guardia Urbana. “¿Qué pasa con las organizaciones sociales de los barrios?”, se preguntó.

Y la pregunta va mucho más allá de un edificio.

Una vecinal no es solamente cuatro paredes. Puede ser un espacio para reunirse, organizar actividades, acompañar a una familia, detectar una necesidad, generar talleres, promover encuentros y construir comunidad.

Cuando esos espacios desaparecen, también se pierde una parte de la trama que sostiene a los barrios.

“Estoy convencido de que las organizaciones barriales son más que importantes porque te dan un lugar donde desarrollar acciones”, sostuvo José.

“La clase política tiene que salir de las oficinas”

José sostiene que existe una distancia cada vez mayor entre quienes toman decisiones y quienes padecen sus consecuencias. “La clase política tiene que salir de las oficinas y recorrer los barrios”, afirmó.

Porque detrás de una puerta, lejos de los expedientes y de los números, hay familias que están haciendo cuentas para saber si pueden comprar comida o pagar la luz. Hay quienes eligen entre un medicamento y un alimento. Hay quienes buscan una frazada. Hay quienes no tienen un techo.

“Y hay niños que se acercan a una olla popular porque necesitan comer”, señaló José. Y quizás ese sea uno de los datos más dolorosos de la jornada.

Al mediodía, cuando la comida estuvo lista, los vecinos comenzaron a llegar tímidamente con sus bolsas y sus recipientes para llevarse el alimento caliente. Entre ellos había una gran cantidad de niños.

Quizás ellos todavía no conocen el orgullo debilitado de los adultos. No sienten vergüenza de acercarse. No necesitan explicar por qué están allí. Simplemente tienen hambre.

Y esa imagen, probablemente más que cualquier discurso, fue suficiente para explicar por qué esa olla era necesaria.

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Una crisis que también se mide en dignidad

Iván plantea que lo que están observando en los barrios es consecuencia de una política que considera “deshumanizada”.

“¿Cómo puede ser que en la Argentina de hoy haya gente que no tenga con qué taparse?, ¿qué comer, que tenga que elegir entre pagar el alimento o el remedio?, cuestionó.

La pregunta quedó flotando en medio de una mañana donde el frío hacía todavía más evidente la necesidad de un plato caliente.

Reconoció que La Carlota ha tenido obras de infraestructura que mejoraron distintos sectores de la ciudad, como cordón cuneta, pavimento y tránsito pesado. Pero advirtió que existe otra realidad, puertas adentro de los hogares, donde las dificultades se fueron profundizando.

Una ciudad puede avanzar en infraestructura y, al mismo tiempo, tener familias que retroceden en sus condiciones de vida. Ambas realidades pueden convivir. Y una no debería invisibilizar a la otra.

“El dolor nos llevó a hacer algo”

José lo resume desde un lugar profundamente humano.“Todo esto te parte  el corazón”, expresó.

Pero ese dolor no los llevó a quedarse inmóviles. Los llevó a hacer. A organizarse. A recorrer barrios. A pedir ayuda. A cocinar. A compartir.

Y también, como reconocen, a sentirse reconfortados por haber podido hacer algo por otra persona.

“Este dolor nos llevó a hacer algo por los demás, que la verdad reconforta, nos hace sentir bien, genera orgullo”, señaló.

Tal vez allí esté la esencia de esta experiencia. No creer que una olla va a resolver la pobreza. No pensar que una frazada puede solucionar una crisis. No confundir solidaridad con justicia social.

Sino entender que, frente a una necesidad concreta, alguien tiene que estar.

Lo que viene

La olla popular no será una acción aislada.

Edith anticipó que ya está en agenda una copa de leche y que seguramente surgirán nuevas iniciativas a partir de las necesidades que vayan encontrando en los barrios.

“Hay mucha necesidad en cada barrio”, afirmó.

El desafío será sostener ese trabajo y convertirlo en una presencia permanente allí donde aparezca una necesidad.

Porque esta historia comenzó con una olla, pero probablemente no termine con ella.

Comenzó con una pregunta sencilla: ¿qué podemos hacer? Y la respuesta fue poner manos a la obra.

Cuando la solidaridad se convierte en comunidad

Llegado el mediodía, el barrio cambió por unos instantes.

El frío seguía allí. La lluvia también. Las necesidades no habían desaparecido. Pero alrededor de esa olla había algo distinto. Había personas que cocinaban para otras personas. Vecinos que donaban. Manos que trabajaban. Niños que llegaban por un plato de comida. Familias que se llevaban un poco de alivio.

Y tres personas que, en medio de la emoción, reconocían que la realidad que están viendo les duele.

La olla popular no solucionó la pobreza del barrio. No podía hacerlo.

Pero permitió que durante ese mediodía más de cien personas tuvieran un plato de comida caliente.

Y también hizo visible algo que quizás sea todavía más importante: cuando las necesidades crecen y las respuestas no alcanzan, la comunidad puede convertirse en una red.

Una red imperfecta, hecha de vecinos, organizaciones, donaciones y voluntades. Pero una red al fin.

Y en esta mañana fría, detrás de cada plato entregado no había solamente comida. Había una caricia, una escucha, una tierna mirada…Y, sobre todo, una certeza que en tiempos de tanta incertidumbre adquiere un valor enorme que todavía haya personas que, frente al dolor del otro, deciden no mirar para otro lado, como si lo hacen quienes tiene la obligación de velar por los derechos de los más vulnerables.

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