Desde La Carlota hasta el corazón más pobre de África: la historia de Sofía, la joven que cambió la rutina por una vida de servicio

Vendió su moto, dejó atrás la rutina y viajó miles de kilómetros para cumplir un sueño que la llevó al corazón de África. Sofía, una joven de La Carlota, vive hoy en una de las regiones más pobres de Malaui, donde trabaja como voluntaria formando docentes, ayudando en jardines maternales y acompañando comunidades que luchan cada día por acceder al agua y a lo básico para subsistir. Una historia de valentía, compromiso y búsqueda personal que emociona y deja huella.
Especiales 20/05/2026MaraMara

Hay personas que pasan la vida soñando con cambiar el mundo. Y hay otras que un día hacen una mochila, venden lo poco que tienen, se despiden de su familia y parten hacia lo desconocido para intentarlo. Sofía pertenece a ese segundo grupo.

Nació y creció en La Carlota. Allí terminó el secundario y más tarde se fue a estudiar el Profesorado de Inglés en la Universidad Nacional de Río Cuarto. Como tantos jóvenes, construyó una vida “normal”: trabajo estable, rutina, horarios, responsabilidades. Daba clases a tiempo completo en escuelas de Villa Carlos Paz, pero dentro suyo algo no terminaba de encajar.

“Necesitaba irme, salir de la monotonía, del estrés”, cuenta hoy desde el norte de África, a miles de kilómetros de casa.

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Primero llegaron pequeños viajes. Perú. Distintos países de Sudamérica. Rincones de Argentina. Hasta que un día encontró una publicación que cambiaría definitivamente su destino: una escuela de voluntariado en Inglaterra llamada College for International Co-Operation and Development (“Colegio para la Cooperación y el Desarrollo Internacional”), una organización educativa y sin fines de lucro dedicada a formar voluntarios para proyectos de desarrollo internacional en África, India y el Caribe.

No fue una decisión sencilla. Vendió su moto, compró un pasaje y recién entonces se animó a contarle a su familia. Para su sorpresa, la apoyaron desde el primer momento.

“Con la venta de mi única propiedad logré llegar hasta la escuela”, recuerda.

Allí comenzó una formación muy distinta a cualquier otra. Estudios internacionales, trabajo comunitario, sostenibilidad, aprendizaje práctico y voluntariado se mezclaban en jornadas donde el objetivo era uno solo: prepararse para ayudar donde más se necesita.

Pero en el fondo, Sofía ya sabía hacia dónde quería ir. África era su sueño.

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Y ese sueño la llevó hasta Malaui, uno de los países más pobres del continente africano.

Junto a Valentina, una abogada italiana de 32 años, y Lucas, un joven brasileño de apenas 19 años, que conoció en la escuela de Inglaterra emprendió viaje hacia la región de Mzimba, en el norte del país.

Allí la realidad golpea fuerte.

Montañas interminables, caminos casi intransitables, ausencia de combustible y comunidades enteras que dependen de bicicletas o carretas tiradas por caballos para trasladarse. Lugares donde el agua escasea tanto que hasta los ríos desaparecen durante las temporadas de calor.

“Es difícil explicar lo que se vive acá”, dice.

Sofía vive dentro de una escuela, en un predio enorme donde reciben alojamiento y comida a cambio de su trabajo diario. Su misión se divide en dos grandes proyectos.

El primero está relacionado con jardines maternales. Recorren comunidades observando necesidades urgentes: techos rotos, pisos destruidos, baños inexistentes, falta de alimentos y, sobre todo, ausencia de agua.

“Tratamos de colocar tanques para recolectar agua de lluvia porque es lo que más falta”, explica.

En esa región, incluso conseguir cemento para el arreglo de las escuelas es casi imposible por su elevado costo, “es por esto que muchas veces desde nuestro lugar difundimos colectas para que la gente done”, pero tampoco alcanza.

La mayoría de las familias fabrica sus propios ladrillos con lo que encuentra a mano. Todo se hace con esfuerzo colectivo y con recursos mínimos.

“Intentamos resolver las cosas con lo que hay. Esa es la idea”, cuenta.

El segundo proyecto es una escuela de formación de docentes primarios. Allí, en apenas unas semanas, ya comenzaron a capacitarse 80 alumnos que sueñan con convertirse en maestros.

Sofía da clases básicas de computación.

“Ellos prácticamente no tienen acceso a herramientas digitales, pero tratamos de que aprendan lo mínimo indispensable”.

En la escuela donde residen Sofia, también enseñan huerta, agricultura y producción básica. Porque en Malaui la supervivencia depende de la tierra: maíz, maní, tabaco y ganadería forman parte de la vida cotidiana. “Lo que se consigue de las huertas es plato diario”.

Y la comida también refleja esa realidad.

comida

“Casi todos los días se come harina de maíz con agua, formando una masa, y a veces alguna verdura”, cuenta Sofia.

Poco. Muy poco. Pero, aun así, Sofía habla de la fortaleza de la gente con admiración.

“Acá uno se siente útil. La experiencia es enorme. Ver cómo la gente sigue adelante a pesar de tantas ausencias duele muchísimo, pero también te transforma”.

La pregunta inevitable aparece sola: ¿por qué irse tan lejos para ayudar cuando también existen necesidades en Argentina?

Ella no duda.

“Acá todo es distinto. Aprendés a vivir en comunidad, entendés lo que realmente significa subsistir. No hay vacaciones, no hay autos, no hay comodidades. Y aun así la gente sigue sonriendo y luchando”.

Mientras habla, la distancia con su familia aparece como la herida más difícil.

Extraña La Carlota. Extraña los abrazos. Extraña especialmente a su pequeña sobrina. Pero aprendió a sostenerse entre videollamadas y mensajes.

“Ellos entienden mi manera de vivir. Saben que acá me siento plena”.

Y aunque cada año intenta regresar unos días a su ciudad natal, reconoce que difícilmente vuelva de manera definitiva.

“No quiero regresar a esa rutina que no me hacía feliz”.

Dentro de algunos meses, Sofía deberá regresar a Inglaterra, a la escuela de voluntariado donde comenzó esta transformación de vida. Allí tendrá que presentar informes, compartir experiencias y exponer todo el trabajo realizado en las comunidades de Malaui, contando los avances, las necesidades y el impacto de cada proyecto en el que participó. También será parte de nuevas instancias de formación y preparación para futuros programas solidarios alrededor del mundo. Pero sabe que ese regreso será apenas una pausa en el camino: después vendrá otro destino, otra comunidad y una nueva oportunidad para seguir ayudando allí donde más la necesiten.

Tal vez India, tal vez otro continente, tal vez otro pueblo olvidado donde todavía haga falta alguien dispuesto a enseñar, ayudar y abrazar realidades difíciles con el corazón abierto.

Lejos de las comodidades y de la rutina que alguna vez sintió ajena, Sofía construye hoy una vida atravesada por la solidaridad, el aprendizaje y el compromiso con quienes menos tienen.


Desde una pequeña región del norte de Malaui, la joven de La Carlota demuestra que a veces los sueños más grandes comienzan con una decisión valiente y el deseo profundo de encontrar un lugar en el mundo donde el corazón finalmente se sienta en casa.

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Quienes deseen colaborar con los proyectos que se llevan adelante en Malaui pueden hacerlo a través de donaciones de dinero destinadas a la compra de alimentos, tanques de agua, materiales de construcción, útiles escolares e insumos básicos para las comunidades y escuelas rurales donde trabajan los voluntarios.
Además, también se reciben aportes de herramientas educativas, elementos de computación y materiales para huertas y capacitación agrícola.

Para solicitar más información sobre cómo ayudar, pueden comunicarse con Sofía a través de sus redes sociales o mediante la organización College for International Co-Operation and Development, desde donde coordinan y supervisan los distintos proyectos solidarios en África.

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